El conflicto por el Atuel

Un centenario conflicto entre pampeanos y mendocinos que tiene al río Atuel, el último afluente del Salado, como eje de la discordia. Cuando comenzaron a construirse las represas de los Nihuiles, el río dejó de correr con regularidad aguas abajo de las murallas.

 

(Rumbos) * Mayo de 2005. Dicen los expertos que, en un futuro, no muy lejano, los conflictos y las guerras tendrán al agua como protagonista. Es que la sed aumenta y el recurso se agota. Apenas el 3 por ciento de toda la masa líquida que existe distribuida en los mares, casquetes polares, ríos, lagos y lagunas, es agua dulce. El resto es salada, y para su uso hace falta invertir mucha tecnología y dinero.

Sudamérica es un continente privilegiado si se lo compara con otros. Los ríos Amazonas, Orinoco, San Francisco, Paraná, Paraguay y Magdalena transportan más del 30 por ciento del agua superficial continental del mundo. Sin embargo, en este continente tan rico en recursos naturales, las dos terceras partes de los suelos son áridos y semiáridos.

En los 2,8 millones de kilómetros cuadrados de extensión en nuestro país, están la selva húmeda del Chaco y también la aridez del segundo desierto más grande del mundo, en la Patagonia.

Y es en ese territorio que el río Desaguadero discurre sus aguas uniendo a seis provincias argentinas y atravesando regiones naturales como la Puna, los Andes áridos, sierras, bolsones y hasta la pampa seca.

Es, recostada sobre la cordillera, una de las cuencas hidrográficas más importantes del país. Tiene una extensión tan grande como el territorio de Mendoza y San Juan juntas. Abarca unos 248 mil kilómetros cuadrados de superficie y su cuenca principal tiene un nombre tan largo como largo es su recorrido. El río es, concretamente, el Vinchina-Desaguadero-Salado-Chadileuvú-Curacó, de unos 1300 kilómetros de longitud, que nace en los Andes catamarqueños y llega hasta el sur pampeano, que cambia de nombre a medida que recorre las provincias, y que ha unido pueblos, aunque también los separó.

Aguas turbulentas

El Desaguadero recibe a lo largo de su trayecto el aporte de distintos afluentes. En él descargan sus aguas los ríos Jáchal, San Juan, Mendoza, Tunuyán, Diamante y Atuel.

Y es el Atuel, el más meridional de los ríos que aporta al Desaguadro, el protagonista de una historia de desencuentros entre mendocinos y pampeanos.

El río, que nace en a cordillera mendocina y atraviesa la provincia cuyana desde el noroeste al sureste, termina su recorrido uniéndose en territorio pampeano al río Desaguadero.

Pero no toda el agua llega al río. “Hace casi cien años que La Pampa reclama a Mendoza por las aguas de este río”, dice un integrante de la Fundación Chadileuvú, una organización ambientalista que nació y creció al calor de los reclamos por los derechos hídricos de la provincia.

Si bien ya en 1918 se afectó su cauce cuando se realizaron de manera clandestina obras de captación y desvío al sur de Colonia Alvear (Mendoza), fue en 1948, cuando comenzaron a construirse las represas de Los Nihuiles, que el Atuel dejó de correr con regularidad aguas debajo de las murallas.

Desde esta época hasta nuestros días, el ecosistema del lugar cambió profundamente y as poblaciones de la región se estancaron en el tiempo. Hoy, Santa Isabel, Algarrobo del Águila, parajes como Paso de los Algarrobos y los campos del Este mendocino, son tan sólo recuerdos que navegan en el cauce seco del río.

El vergel de ayer

Con el triste paisaje actual, pocos visitantes pueden imaginar que en el delta del río Atuel, hace siglos, vivieron importantes pueblos indígenas. Investigaciones arqueológicas realizadas en las cercanías de Santa Isabel, en Puesto Vallejos, en Médanos Colorados y otros parajes adyacentes, hallaron raspadores, puntas de flechas, cuchillos, nódulos, bolas y una enorme cantidad de cáscaras de huevos y huesos de aves acuáticas y terrestres.

Según testimonios de pobladores, a principios del siglo pasado, la zona estaba cubierta de vegetación acuática, habitada por gran cantidad de aves que permitía la subsistencia de los “isleños”. Según un estudio realizado por Raúl Hernández y Edith Alvarellos, la riqueza ictícola era tan abundante que la producción la compraban comerciantes de San Rafael y la ciudad de Mendoza.

La más famosa de esas prósperas aldeas fue la Colonia Agrícola Butaló, a pocos kilómetros de Santa Isabel. Creada por el gobierno nacional a principios de 1900, la gran cantidad de agua dulce y tierras fértiles fue el factor determinante para desarrollar este polo productivo.

En 1910, a 4 pesos de entonces, se vendía la hectárea, y los inmigrantes y criollos que compraban estaban obligados a cultivar, como mínimo, una cuarta parte de la chacra.

Cuando llegaron los inspectores de Tierras Fiscales desde Buenos Aires, se encontraron con la sorpresa de las grandes extensiones de cultivo de alfalfa, cebada, centeno, trigo, viñas, avena y maíz. Sólo en el establecimiento Ventrencó se esquilaban unas 20 mil ovejas al año.

Pero llegó la quiebra. La falta de apoyo para las políticas de desarrollo desde el gobierno nacional (La Pampa era Territorio Nacional en ese entonces) y el taponamiento del río Atuel, desde 1918, despobló la región y secó la naturaleza.

Más tarde las compuertas de Los Nihuiles dieron por tierra con todos los sueños. Desde entonces, la disputa no tiene descanso, y en cien años hubo reuniones, pedidos de productores perjudicados, atentados sospechosos, cartas al presidente, acuerdo entre gobernadores y hasta un fallo de la Corte Suprema de Justicia. Cansado de diálogos infructuosos y promesas incumplidas, el gobierno pampeano recurrió en 1987 a la Corte y obtuvo un fallo memorable: las aguas del Atuel son interprovinciales.

Pero aun así las cosas no mejoraron, y el problema regresa cuando llegan los ciclos de secas y desbordes. Mientras el agua abunda, las compuertas de Los Nihuiles deben abrirse y el río inuunda el oeste pampeano. Pero cuando la nieve es poca y la lluvia escasea, las murallas se cierran y “el oeste” se agrieta para dar paso al desierto.

Texto: Pablo D'Atri

 

* Publicado en la revista Rumbos (N° 90 del 15 de mayo de 2005)

 

 

 

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